La madera crujía bajo cada paso, pero Maia apenas era consciente del sonido, que hacia caminando en círculos en su habitación.
Pasaron unas horas y sus piernas por inercia pidieron descanso y se recostó en su cama, mientras el mundo entero parecía haberse vuelto irreal. El aire frío le quemaba los pulmones, aunque esa sensación era insignificante comparada con el caos que rugía dentro de ella.
"Perteneces a esta manada."
Las palabras de la anciana se repetían una y otra vez en su cabeza.
No