Mundo ficciónIniciar sesiónEl instinto es una fuerza antigua y ciega, pero con ella se volvió extrañamente dócil. Verla allí, tan frágil y quebrantada sobre el divan, desató algo primitivo en el pecho de Aiden y Silas. No fue una decisión consciente; fue el rugido unánime de sus alphas, una orden salvaje tallada en su ADN que les exigía ponerse en guardia ante el mundo. Ella era una omega rota, y la sola visión de su vulnerabilidad encendió un fuego feroz: la necesidad absoluta e implacable de protegerla.
Sin embargo, la furia de sus instintos se transformó en una dolorosa impotencia cuando supieron la verdad. El eco del maltrato, el terror psicológico y las marcas del dolor físico no se borrarían de la noche a la mañana. Requerirían un tiempo que ella apenas parecía tener. Ni Aiden ni Silas se habían caracterizado jamás por ser hombres pacientes, amables o cuidadosos. Su mundo se regía por la fuerza, el control y una rudeza natural. No sabían de sutilezas ni de consuelos. Pero frente a ella, todas sus aristas afiladas parecieron suavizarse. Inexplicablemente, con esa pequeña omega, el ser delicados dejó de ser una debilidad y se convirtió en el único lenguaje que querían hablar. La tregua silenciosa dentro de la residencia principal no duró mucho; la hostilidad del refugio era un veneno que terminaba por filtrarse bajo cualquier puerta. Los primeros rayos del sol apenas lograban teñir de un rosa pálido las cumbres nevadas cuando el primer choque directo e inevitable tuvo lugar en el patio de armas, rompiendo la frágil burbuja de seguridad que Aiden y Silas habían intentado construir alrededor de la omega. Ella había salido de la casa bajo la estricta instrucción de no alejarse de los límites del porche, buscando un poco de aire fresco para mitigar las náuseas que aún la asaltaban. Sin embargo, el destino —o la calculada malicia de los celos— tenía otros planes. Elara y Mía se interpusieron en su camino antes de que pudiera dar diez pasos hacia el pozo de agua. —Mírenla, ni siquiera puede sostener el cubo sin temblar —soltó Elara, deteniéndose a escasos metros con los brazos cruzados y una postura corporal que irradiaba una dominancia agresiva —El refugio del Norte se construyó con la sangre de guerreros, no con las lágrimas de las parias que son desechadas como basura. La protagonista retrocedió instintivamente, con la espalda pegada a la barandilla de madera del porche. El aroma de Elara, cargado de un resentimiento picante, agredió sus sentidos. Su mano derecha subió de inmediato a cubrirse la nuca, un acto reflejo de pura autodefensa. —Yo no quiero causar problemas —consiguió articular, con la voz apenas más alta que un susurro —Solo estoy recuperando mis fuerzas para marcharme. —¿Marcharte? —Mía intervino, dando un paso al frente con una sonrisa gélida que no llegaba a sus ojos —Oh, no te equivoques, cosita rota. No vas a tener tiempo de recuperarte. Tu sola presencia aquí apesta a debilidad, y el invierno no perdona a los inútiles. Los líderes pueden estar cegados por la novedad de tu miseria, pero el resto del clan sabe perfectamente qué hacer con los estorbos. El ambiente se volvió denso, casi irrespirable, hasta que una presencia masiva cortó el aire como un hacha. —Suficiente. Aiden emergió de la espesura del pasillo exterior, con la mandíbula apretada y los ojos encendidos en un fulgor alfa que hizo que los lobos menores que observaban la escena bajaran la cabeza de inmediato. Su aroma a tierra mojada y pino tras la tormenta se expandió con violencia, aplastando cualquier intento de insubordinación. —Elara, Mía. Si vuelvo a verlas cerca de ella, o si escucho un solo murmullo más cuestionando mis órdenes, las consecuencias no serán un simple correctivo —sentenció Aiden, interponiéndose físicamente entre las agresoras y la omega —Aca no hay estatus en este refugio todo depende de su obediencia. No lo olviden. Mía mantuvo la mirada un segundo de más antes de agachar la cabeza con una reverencia tensa y falsa; Elara solo gruñó entre dientes antes de darse la vuelta e irse, arrastrando a su séquito con ella. La advertencia estaba dada, pero las miradas de odio que dejaron atrás dejaron claro que la sumisión era solo una fachada. El fuego de la disidencia ya no se apagaría tan fácilmente. Mientras tanto, en el despacho de la residencia, Silas observaba un mapa táctico extendido sobre la mesa de madera oscura. La llegada de la omega no solo había traído discordia interna, sino que las patrullas fronterizas del este acababan de reportar movimientos inusuales. Rastros de lobos extranjeros, marcas de garras profundas en los árboles limítrofes.






