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capítulo 4: El peso de la salvación

​El crujido de la leña al consumirse en la chimenea era el único sonido que rellenaba el vasto espacio de la residencia principal. Para cualquiera, aquel salón de techos altos, vigas de madera oscura y pesados tapices de pieles habría sido el epítome del confort y la seguridad en medio del crudo invierno de la montaña. Para ella, sin embargo, cada rincón de esa habitación se sentía como una jaula de oro, un territorio de caza del que no tenía escapatoria.

​Aiden y Silas la observaban. No la miraban con la lascivia o el desprecio a los que estaba acostumbrada en su antiguo hogar, sino con una fijeza analítica y protectora que resultaba casi más abrumadora. Sus aromas combinados —el de Aiden, denso como la tierra mojada y los pinos tras la tormenta; el de Silas, agudo como el ozono y la resina— llenaban el aire, saturando los sentidos de la omega y activando cada una de sus alertas biológicas de peligro.

​—Solo... necesito unos días —susurró ella finalmente, rompiendo el silencio con una voz que sonó rota, áspera por el frío y el desuso. Mantuvo la mirada rígidamente fija en el suelo de piedra, consciente de que hacer contacto visual con un alfa dominante se consideraba un desafío o una invitación —Solo hasta que mis piernas puedan sostenerse y la fiebre remita. Después me iré. No quiero ser una molestia para su gente.

​Aiden dio un paso hacia adelante. Fue un movimiento sutil, pero el eco de sus botas contra el suelo hizo que la chica se encogiera instintivamente sobre el diván, pegando las rodillas contra su pecho en una postura de defensa absoluta. Al notar la reacción, el alfa se detuvo en seco, con las facciones endurecidas por una mezcla de frustración y lástima contenida.

​—Te quedarás el tiempo que sea necesario para que sanes por completo —declaró Silas desde el otro extremo de la mesa, su tono barítono e incuestionable, dictando la sentencia como si fuera una ley inmutable —Las leyes de este refugio las dictamos nosotros, no los murmullos de la plaza. No estás molestando a nadie porque nadie aquí tiene el derecho de cuestionar a quién decidimos proteger.

​Aquellas palabras, que en otra boca habrían sonado como un bálsamo de justicia, a ella le helaron la sangre. La idea original que la había empujado a caminar kilómetros a través del fango y la nieve, con la nuca sangrante y las fuerzas al límite, había sido simplemente llegar a las fronteras del mítico territorio del Norte y dejarse ir. Quería que el frío adormeciera su cuerpo, que la nieve borrara su rastro y que la muerte la liberara de una existencia que solo le había traído dolor. No planeaba ser rescatada. No quería que nadie cargara con su miseria, y mucho menos deseaba volver a estar a merced de la jerarquía de los lobos. Ahora, viva, despierta y atrapada entre las paredes de la residencia más custodiada de la región, ese final pacífico se desvanecía por completo.

​—No lo entienden... —insistió ella, y una lágrima de pura impotencia resbaló por su mejilla sucia de barro —Su gente tiene razón, Soy una omega rota. Una loba sin lazo cuya marca fue arrancada. No sirvo para el clan, no puedo aportar nada. En mi antiguo hogar, el alfa me marcó solo por compromiso, por obligación.

​Aiden soltó un gruñido bajo, un sonido que vibró en el pecho de la chica como una descarga eléctrica. Sin embargo, cuando habló, su voz era extrañamente suave, aunque cargada de una promesa letal:

​—Si ese alfa vuelve a acercarse a ti, lo único que encontrará será su propio fin.

​Silas se acercó despacio, sosteniendo entre sus manos una taza de madera de la que se elevaba un vapor con olor a hierbas medicinales y miel. Se arrodilló a una distancia prudencial del diván, respetando el espacio de la joven, y le tendió el recipiente.

​—Bebe, Te ayudará con el dolor de la nuca y estabilizará tu temperatura —dijo Silas, su rostro, de líneas severas pero serenas, no mostraba el menor rastro de la brutalidad que ella asociaba con su casta —No te pedimos que nos agradezcas, ni que confíes en nosotros hoy. Solo te pedimos que sobrevivas.

​Con las manos temblándole de tal manera que el líquido estuvo a punto de derramarse, la protagonista tomó la taza. El calor del objeto le quemó gratamente las palmas congeladas. Dio un sorbo lento, sintiendo cómo el brebaje tibio descendía por su garganta y expandía una oleada de alivio inmediato por su cuerpo, calmando la punzada violácea que le recorría el cuello. Al mirar de reojo a ambos hombres, se dio cuenta de la realidad de su situación: estos alfas no eran como su antiguo maltratador, pero seguían siendo su peor miedo. La sumisión obligada, la fuerza bruta y el control absoluto eran rasgos inherentes a su naturaleza, y ella no podía evitar ver en sus miradas posesivas el preludio de una nueva forma de cautiverio, una donde las cadenas estaban hechas de protección y deudas de gratitud.

​Una hora más tarde, tras comprobar que la fiebre había cedido de forma definitiva, Silas la guio hacia una habitación contigua. Era un cuarto pequeño pero privado, equipado con una cama mullida cubierta de pieles gruesas y una ventana alta que miraba hacia los picos nevados del bosque.

​—Descansa aquí. Nadie entrará sin tu permiso —le aseguró Silas antes de cerrar la puerta con suavidad, dejándola finalmente a solas con sus pensamientos.

​La chica, por impulso puso el cerrojo en la puerta, aunque los Alfas no demostraban que la harían daño, aún no podía confiar del todo. No se acostó en la cama, el colchón se sentía demasiado blando, demasiado extraño para alguien que había pasado las últimos dias durmiendo sobre la tierra y las raíces. En su lugar, se arrastró hacia la esquina más alejada de la habitación, acurrucándose en el suelo contra la pared, buscando la seguridad de tener la espalda protegida. Desde allí, contempló la luna a través del cristal.

​Mientras ella luchaba contra sus propios fantasmas en el aislamiento de la residencia, el ambiente en el exterior del refugio se volvía cada vez más turbio. En los barracones del sector oeste, lejos de la mirada de los líderes, el descontento sembrado por Elara y Mía comenzaba a echar raíces.

​Alrededor de una fogata improvisada, un grupo de lobos menores y omegas resentidos escuchaban las palabras de Elara, cuyo rostro reflejaba una indignación ardiente.

​—¿Es que no lo ven? —decía Elara, cruzándose de brazos mientras la luz del fuego danzaba en sus ojos —Hemos trabajado durante años, demostrando nuestra valía, cazando, manteniendo el orden y respetando las jerarquías para ganarnos un lugar de honor al lado de Aiden y Silas. Y hoy, traen a una paria y la meten en la casa principal como si fuera de la realeza. Es un insulto a nuestro esfuerzo.

​—Mía dice que su marca está podrida —añadió un alfa joven, frunciendo el ceño —Un lobo con la nuca destrozada de esa manera solo atrae la mala suerte del bosque. Es una carga inútil. Si permitimos que los líderes se debiliten por lástima, el refugio entero caerá.

​Mía, que observaba desde la penumbra con una sonrisa ladina, dio un paso al frente. Su voz, suave pero cargada de veneno, terminó de sellar el pacto de la disidencia:

​—Los líderes son fuertes, pero están cegados por la novedad. Si esa omega rota se queda, romperá el equilibrio que nos hace selectos. Debemos recordarle a la comunidad cuál es el verdadero valor de la fuerza. Si Aiden y Silas no la echan, tendremos que encargarnos de que su estancia aquí sea tan insoportable que decida regresar al bosque por donde vino... o morir en él.

​Ajena a la conspiración que se tejía en las sombras de la plaza, la protagonista cerró los ojos en su rincón oscuro, tocándose con dedos temblorosos la dolorosa cicatriz de su nuca. El dolor físico empezaba a menguar gracias a las medicinas de Silas, pero el tormento psicológico apenas comenzaba. Estaba viva, protegida por los hombres más peligrosos de la montaña, y rodeada de un pueblo que la quería muerta. Su viaje hacia el olvido se había interrumpido, y ahora, quisiera o no, formaba parte de un juego de poder del que no sabía cómo escapar.

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