Inicio / Hombre lobo / LAZO ROTO: La calma de dos Alfas / capítulo 6: El calor del refugio
capítulo 6: El calor del refugio

El murmullo del patio de armas se extinguió por completo en cuanto la pesada puerta de roble de la residencia principal se cerró a sus espaldas, sepultando el aire gélido de la montaña y las palabras envenenadas de Elara y Mía. El contraste fue un golpe directo a sus sentidos, pero esta vez, uno extrañamente reconfortante. El aroma a resina de pino dulce, té de hierbas silvestres y el sutil pero constante olor a hogar envolvieron a la omega, obligando a sus pulmones a expandirse después de haber retenido el aire por puro terror.

​Aiden la guió con firmeza, manteniendo una mano rozando sutilmente su espalda, no para empujarla, sino como un escudo invisible entre ella y el mundo exterior. Sus pasos resonaron en los tablones de madera pulida hasta que se detuvieron cerca de la monumental chimenea del salón principal, donde el fuego crepitaba con fuerza, tiñendo las paredes de piedra de un tono dorado y acogedor.

​Al sentir el calor directo en su piel, los hombros de la chica finalmente descendieron. Sin embargo, el temblor en sus manos continuaba. Se frotó los brazos, tratando de borrar la sensación de la mirada gélida de los lobos.

​Aiden se colocó frente a ella, cruzándose de brazos. La furia alfa que había desplegado en el patio se había disipado, reemplazada por una rigidez preocupada. Su aroma a tierra mojada y pino tras la tormenta comenzó a asentarse, volviéndose más cálido, más protector.

​—Te lo advertí antes de que cruzaras ese umbral —dijo Aiden, con una voz profunda que reverberaba en el espacio cerrado, aunque desprovista de la dureza de hace unos minutos —El refugio del Norte es un lugar seguro, pero no es un monolito. Mi autoridad no impide que existan lobos en este campamento que estén en total desacuerdo con que te quedes aquí. No entienden de dónde vienes, ni por qué una omega libre camina sin el respaldo de un clan conocido. Para ellos, eres una incógnita. Y en mitad del invierno, las incógnitas generan desconfianza.

​Ella bajó la mirada hacia sus propios pies descalzos sobre la alfombra de piel. El sentimiento de culpa, espeso y amargo, volvió a instalarse en su pecho.

—No quería causar divisiones... —articuló en un susurro, con la voz aún resentida por el frío —Sé lo que cuesta mantener la paz. Si mi presencia va a romper la armonía, es mejor irme, traigo desgracia, estoy rota.

​—No vas a irte a ninguna parte —la interrumpió Aiden con una rotundidad que no admitía réplica, aunque el tono fue extrañamente suave —Estás bajo mi protección y la de Silas. Pero debes entender las reglas: por ahora, no puedes andar sola por ahí. No porque desconfiemos de ti, sino porque no permitiré que vuelvas a ser el blanco de la frustración de nadie.

​Antes de que ella pudiera asimilar el peso de sus palabras, la puerta lateral que conectaba con el ala de los despachos se abrió sin hacer ruido. Silas entró primero, con su habitual andar pausado y calculador, portando la eterna seriedad grabada en las arrugas de su rostro. Sin embargo, esta vez no venía solo.

​Detrás de él apareció una loba de aspecto joven, tal vez de su misma edad. Tenía el cabello oscuro recogido en una trenza práctica y unos ojos castaños que destellaban una chispa de viva curiosidad, completamente desprovista de la malicia que destilaban Elara o Mía. Su postura era relajada y de ella emanaba un aroma sumamente ligero y tranquilizador a lavanda y hojas secas.

​—Y precisamente para asegurarnos de que no vuelvas a estar sola, hemos tomado medidas —intervino Silas, dando un paso al lado para presentar a la recién llegada. Una sutil inclinación de cabeza hacia la omega sirvió como un gesto de tregua —Ella es Mara.

​La joven loba dio un paso al frente de inmediato. Al notar que la protagonista retrocedía un milímetro por puro instinto de supervivencia, Mara se detuvo a una distancia prudencial y levantó las manos en un gesto pacífico, mostrando las palmas. Su sonrisa fue instantánea, amplia y genuina.

​—Hola —dijo Mara, y su voz tenía una cadencia rítmica, casi musical, que contrastaba con la solemnidad del refugio —Es un verdadero placer conocerte. Silas y Aiden me han contado un poco... bueno, solo lo necesario. A partir de hoy, seré tu compañera aquí dentro.

​La omega la miró, parpadeando con sorpresa. En su antiguo hogar, las jerarquías eran tan estrictas que una omega jamás recibía una asignación de este tipo a menos que fuera para ser vigilada por un guardia. Mara pareció leer sus pensamientos con asombrosa facilidad.

​—No soy tu carcelera, si es lo que te preocupa —añadió Mara con una risita ligera, dando un paso más, esta vez permitiendo que su aroma a lavanda envolviera el espacio para calmar los latidos acelerados de la otra chica —Considerame una guía de turismo en el lugar más frío del mundo, y una barrera humana si esas sombras del patio vuelven a ponerse pesadas —hizo ademán de contar un secreto —Tampoco me caen bien esas dos, Te ayudaré a aclimatarte, a moverte por la residencia, a conseguir ropa abrigada y a asegurarnos de que nadie vuelva a incomodarte mientras recuperas tus fuerzas.

​Un nudo de alivio, tan denso que casi la hace llorar, se formó en la garganta de la omega. Miró a Aiden, descubriendo que la expresión del alfa se había suavizado por completo al ver que la presencia de Mara lograba el efecto deseado: apaciguar su instinto de huida. Silas, por su parte, observaba la escena con una aprobación silenciosa, asintiendo levemente antes de retirarse hacia la chimenea.

​—Mara conoce cada rincón de esta montaña y goza de mi total confianza —añadió Aiden, dando un paso atrás para cederle el espacio a la recién llegada —Confío en que, con ella a tu lado, puedas empezar a ver este refugio como lo que realmente es: un lugar donde finalmente puedes dejar de correr, si así lo deseas.

​Por primera vez en semanas, el peso constante en el pecho de la protagonista pareció aligerarse un poco. En medio de un campamento fragmentado y de los murmullos de descontento que aún flotaban más allá de los muros de madera, la calidez de la chimenea, la firmeza inquebrantable de los dos alfas y la inesperada sonrisa de Mara le devolvieron algo que creía haber perdido para siempre en su huida: una chispa de verdadera seguridad.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP