capítulo 2: Una omega...rota

El silencio de la montaña, aunque acogedor por su aislamiento, se rompió en pedazos en el instante en que los dos líderes del refugio cruzaron el umbral del sendero principal. No caminaban con la premura de una emergencia médica, sino con una determinación solemne que atrajo todas las miradas de las personas que se encontraban alli. El problema no fue solo su llegada, sino la forma en que lo hacían: ella, inconsciente y pequeña, reposaba en los brazos de uno de ellos, mientras el otro caminaba a su lado como si estuviera custodiando el tesoro más preciado de la existencia.

​La plaza central, que hasta hacía unos momentos bullía con las tareas cotidianas y el murmullo de los residentes, quedó sumida en un silencio sepulcral. El aire pareció espesarse, cargado de una electricidad estática que hacía erizar el vello de los brazos de todos los presentes.

​Entre la multitud, el grupo de omegas liderado por Elara y Mía se detuvo en seco. La escena era una afrenta directa a todo lo que habían construido en la comunidad. Durante un par de años, ellas habían alimentado la idea de que la jerarquía y la utilidad eran la moneda de cambio para estar cerca de los líderes. Ver a una extraña, sucia de barro y con la marca de su nuca palpitando en un tono violáceo y grotesco, siendo cargada como si fuera una reina herida, era una imagen que quemaba sus retinas.

​—¿Qué se supone que es eso? —el susurro de Elara cortó el aire como un cuchillo. No esperaba una respuesta, buscaba sembrar la semilla del descontento entre los demás.

​Mía, a su lado, apretó los labios hasta que se le pusieron blancos. Su risa fue seca, un sonido desprovisto de alegría que pretendía ser contagioso.

—Es una omega —respondió, asegurándose de que su voz llegara lo suficientemente lejos como para ser escuchada por quienes observaban con desaprobación —Y además rota ¿No ven el estado de su nuca? Es una paria. Un animal herido que han encontrado en la cuneta. Si los alfas permiten que se quede, solo será para que sea una carga. ¿Quién querría cuidar de alguien que ni siquiera tiene la dignidad de ocultar su cicatriz?

​A su alrededor, las cabezas comenzaron a asentir. Algunos alfas menores, que soñaban con algún día ganar la aprobación de los dos líderes, empezaron a murmurar con fastidio. ¿Por qué traer una bocas más que alimentar? ¿Por qué romper el equilibrio de un refugio que se preciaba de ser selecto y fuerte?

​Sin embargo, a los dos líderes no les importaba el juicio de la multitud. Su caminata era un despliegue de autoridad que dejaba claro que no buscaban aprobación. Cuando llegaron al corazón del asentamiento, se detuvieron. La chica, en el letargo de su inconsciencia, soltó un quejido débil al sentir el cambio de temperatura; un sonido pequeño, lastimero, que hizo que el alfa que la cargaba tensara la mandíbula, no por molestia, sino por una furia contenida hacia el mundo que la había dejado en ese estado.

​—Es una omega —anunció el segundo líder, su voz resonando con una autoridad que obligó a que todos bajaran la mirada —Pero no esta rota, su lazo si y no es una carga. Es alguien que ha sobrevivido a lo que ninguno de ustedes podría imaginar, y desde este momento, su bienestar es nuestra prioridad absoluta.

​Elara dio un paso al frente, incapaz de contener su indignación, aunque el miedo a la mirada del alfa la obligó a mantener una distancia prudente.

—¿Por qué ella? —preguntó, con la voz temblorosa por la rabia —Es una paria, una loba sin lazo. Traerla aquí es invitar a la debilidad. Nuestra paz se basa en la fuerza, no en la caridad hacia los desechos de otros clanes.

El alfa clavó sus ojos en Elara, haciendo que el aire se volviera pesado. Dio un paso hacia ella, con una calma que resultaba mucho más aterradora que cualquier grito.

​—¿Te atreves a cuestionar nuestra decisiones, Elara? —su voz resonó con una autoridad implacable —Ella es una loba, ¿cómo puedes referirte a alguien de tu propia especie de esa manera tan despectiva? Te recuerdo que aquí la hostilidad está prohibida, y no toleraré que siembres el desprecio en mi clan. Ella necesita nuestra ayuda, y se la daremos.

​El silencio que siguió a sus palabras fue absoluto. El líder que sostenía a la forastera giró la cabeza lentamente hacia Elara.

​—La debilidad no está en su nuca, Elara —respondió el alfa, su voz un susurro cargado de peligro —Está en tu incapacidad de ver más allá de tu propia envidia. La paz no es la ausencia de problemas, es la capacidad de proteger a quienes han perdido el rumbo. Si alguien tiene un problema con nuestra decisión, tiene las puertas del bosque abiertas para marcharse por donde vinimos.

​El mensaje fue claro: la forastera no era una invitada temporal, era una protegida de alto nivel. Mientras los dos hombres continuaban su camino hacia la residencia principal, dejando atrás a una turba confundida, la chica entre los brazos del alfa comenzó a despertar tenuemente.

Sintió la dureza de los músculos del hombre que la cargaba, el aroma a pinos y a una seguridad que le resultaba ajena. Por un instante, el dolor en su nuca, que siempre había sido un recordatorio de su desgracia, pareció calmarse bajo el roce de la capa del alfa. No sabía quiénes eran, ni por qué la habían rescatado de su camino hacia la muerte, pero mientras se adentraba en la calidez de su refugio, comprendió que su existencia ya no le pertenecía solo a ella. Había caído, accidentalmente, en la mira de dos alfas que, por primera vez en su vida, no buscaban consumirla, sino reclamarla como parte de su mundo.

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