Diamond entró en el despacho de Ridell ignorando el peso asfixiante de su mirada plateada.
El aire allí olía a madera vieja, tabaco de alta calidad y a esa masculinidad austera que definía al Capitán North.
Era la misma intensidad con la que un depredador analiza a su presa antes de decidir si jugar con ella o terminar el asunto de un bocado.
Pero Diamond ya no tenía miedo; el papel que quemaba en sus manos era su declaración de independencia.
—He terminado de jugar a la casita, Capitán North —