El viento de la tarde golpeaba el rostro de Diamond mientras caminaba junto a Killian hacia el auto negro que esperaba a las puertas del cementerio.
Su brazo, sujeto por la mano de su hermano, se sentía como si estuviera atrapado en una prensa de hierro oculta bajo un guante de seda.
—Tardaste mucho, pequeña —repitió Killian, inclinando la cabeza para observar sus ojos, buscando ese brillo de rebeldía que tanto le gustaba domar.
—Eran... situaciones de mujer, Killian —respondió Diamond, bajando