El cielo de Nueva York se teñía de un gris plomizo, como si la ciudad misma se vistiera de luto para recibir los restos del patriarca de los Valentine.
Diamond permanecía de pie, envuelta en un abrigo de lana negra que parecía pesarle más que el plomo.
A su alrededor, el viento siseaba entre las lápidas de mármol, llevando consigo el sonido de los lamentos desgarradores de la mujer que se hacía llamar su madre.
Diamond observaba la escena con una frialdad que rayaba en el asco.
Ver a esa mujer