El confinamiento en la sala de seguridad del Consejo Militar se sentía, para Ridell North, como una tumba de cemento.
No era una celda común; el prestigio de su familia y su impecable historial le habían otorgado el "privilegio" de estar encerrado en una habitación de oficiales, pero los cerrojos eran igual de pesados y el silencio igual de asfixiante.
El Capitán caminaba de un muro a otro con la ferocidad de una fiera herida.
Cada fibra de su cuerpo gritaba por acción, por el tacto de su arma,