El silencio que siguió a la partida de Killian Valentine fue más denso que el humo de una explosión.
En la mesa de madera oscura, la invitación, dorado y blanco, reposaba junto a un documento legal que parecía quemar la vista de Ridell: una demanda de nulidad matrimonial y una carta de divorcio que exigía su firma.
Ridell permanecía de pie, con los hombros tensos y la mirada clavada en el papel.
Sus manos, que habían empuñado armas y dirigido hombres en el campo de batalla, temblaban con una fu