La Máscara de Dios
Isa Belmonte
La distancia entre nosotros, en ese santuario alpino, no era de unos pocos metros, sino de la vastedad de los años robados y la sangre derramada. Vittorio Orsini me miraba, no con la arrogancia del titán de Milán, sino con la desesperación helada de un hombre que ve cómo su último refugio se incendia.
—Usted me ha robado mi paz —repitió, su voz un susurro venenoso. Estaba de luto, no por la muerte, sino por el fin de su secreto.
—Y usted me ha robado todo lo demá