Capítulo ochenta. Lo que queda cuando cae el ruido.
La casa volvió a tener un silencio distinto.
No era tensión. No era espera. Era ese tipo de calma que llega después de una tormenta larga, cuando el cuerpo aún recuerda el trueno, pero el cielo ya no amenaza.
Alexandra lo sintió al despertar.
La luz de la mañana entraba suave por las cortinas del dormitorio. Daniel aún dormía a su lado, con una mano descansando de manera inconsciente sobre su cintura, como si incluso dormido necesitara asegurarse de que seguía ahí.
Ella no se movió de inmediato.
Pensó en Eleanor.
En los titulares.
En los años torcidos.
En la sensación extraña —casi culpable— de no sentir alivio… sino cierre.
No había triunfo en aquello. Había verdad.
Y eso bastaba.
—¿Estás despierta? —murmuró Daniel sin abrir los ojos.
Alexandra sonrió.
—Desde hace un rato.
Él abrió los ojos despacio y la miró como si necesitara confirmarla.
—¿Cómo te sientes?
Ella se tomó unos segundos antes de responder.
—Ligera —dijo finalmente—.