Capítulo sesenta y cinco. Un mundo perfecto.
El viento marino soplaba suave, cálido, como una caricia constante en la piel. Era su último día en el pequeño pueblo costero, y Nicole no podía evitar sentir una mezcla de nostalgia y plenitud mientras caminaban por el malecón.
Millie iba adelante, con un vestido amarillo que parecía absorber la luz del sol, empujando su propio cochecito de juguete donde llevaba “a su bebé”, un muñeco con sombrero de pescador y botas de goma.
—¿Y cómo se llama