Capítulo cincuenta y siete. Las cosas que no se dicen en voz alta
La calma tenía un sonido distinto cuando uno ya había vivido demasiado caos.
Alexandra lo notó esa mañana mientras preparaba el desayuno. No era solo silencio: era rutina. El ruido de la cafetera, Liam canturreando una canción inventada mientras coloreaba en la mesa, Daniel leyendo correos en su tablet con el ceño fruncido pero sin urgencia real.
Vida.
Una palabra que durante años le había parecido ajena.
—Mamá —dijo Liam de pronto—, ¿Papá también va a venir cuando yo sea grande?
Alexandra se quedó quieta un segundo.
Daniel alzó la vista lentamente.
—Si tú quieres —respondió él antes de que ella pudiera decir algo—. Aunque cuando seas grande quizá no quieras que esté cerca todo el tiempo.
Liam frunció la nariz, pensativo.
—Sí quiero —sentenció—. Porque los papás cuidan. Y yo quiero que ustedes me cuiden siempre.
Alexandra sintió cómo algo se le acomodaba en el pecho… y al mismo tiempo, cómo otra cosa se apretaba.
Daniel