Capítulo cuarenta y cinco. La verdad también sangra.
Alexandra no recordó haber dormido.
Recordó el momento exacto en que cerró los ojos… y el instante en que volvió a abrirlos, con el pecho apretado y una certeza incómoda latiéndole en la cabeza: la calma había terminado para siempre.
Daniel ya estaba despierto.
Estaba de pie frente al ventanal, con el teléfono en la mano y el ceño fruncido. No necesitó mirarla para saber que ella había despertado.
—Ya empezó —dijo, repitiendo aquellas palabra