Capítulo veintiocho. La casa que dejó de ser segura.
Alexandra no se movió.
Durante varios segundos solo miró la ventana abierta, como si el aire frío que se colaba por la cortina tuviera forma, intención… amenaza.
Ella recordaba haberla cerrado.
Perfectamente.
Se acercó despacio, cuidando que el piso no crujiera. Sus dedos rozaron la tela de la cortina y la apartaron apenas.
Nada.
El jardín oscuro. Las sombras largas de los árboles. La valla alta que rodeaba la propiedad.
Nada que se moviera.