Capítulo veintiocho. La casa que dejó de ser segura.
Alexandra no se movió.
Durante varios segundos solo miró la ventana abierta, como si el aire frío que se colaba por la cortina tuviera forma, intención… amenaza.
Ella recordaba haberla cerrado.
Perfectamente.
Se acercó despacio, cuidando que el piso no crujiera. Sus dedos rozaron la tela de la cortina y la apartaron apenas.
Nada.
El jardín oscuro. Las sombras largas de los árboles. La valla alta que rodeaba la propiedad.
Nada que se moviera.
Nada que respirara.
Pero su piel ardía con la certeza de que alguien había estado allí.
Detrás de ella, la puerta se abrió con un leve clic.
Alexandra giró bruscamente.
Daniel.
Su cuerpo se relajó solo un poco.
—La encontré abierta —susurró ella.
Él no preguntó cómo. No dudó. Solo caminó hacia ella y miró por la ventana.
Su mirada se volvió cortante.
—Nadie entra sin que yo lo sepa —dijo.
Pero ya no sonó como una promesa.
Sonó como una duda.
Alexandra se cruzó de brazos.
—Alguien estuvo aquí, Da