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La UCI del Hospital Ángeles Pedregal tenía esa clase de silencio que no es quietud sino contención. El silencio de las máquinas que respiran por otros, de los monitores que traducen la vida a cifras verdes parpadeantes, de los pasos de goma de los enfermeros que han aprendido a moverse como sombras entre camas de moribundos. Ximena llevaba cuarenta minutos de pie frente a la ventana de cristal que separaba el pasillo de la habitación donde Augusto Monteverde

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