Mundo de ficçãoIniciar sessãoEl despacho de Augusto Monteverde no tenía nada de intimidante si una sabía leerlo bien.
Ximena lo leyó en los primeros treinta segundos: las estanterías demasiado ordenadas para pertenecer a alguien que realmente trabajara en ellas, los diplomas enmarcados con la precisión calculada de quien necesita que otros los vean, el escritorio de caoba que costaba más que el salario anual de cualquiera de sus empleados. Era un despacho diseñado p







