Su abuela solía decir que el diablo nunca se presentaba con cuernos, sino con traje de diseñador y promesas que sonaban demasiado buenas para ser verdad.Ximena observaba las luces de la ciudad desde el asiento trasero del Mercedes negro, consciente de que estaba cometiendo probablemente el error más grande de su vida. O quizás el más brillante. A estas alturas, con tres shots de mezcal quemándole el estómago vacío y su mundo hecho pedazos a sus pies, la distinción entre sabiduría y locura se había vuelto borrosa.Thiago Monteverde conducía con la misma confianza calculada con la que hacía todo lo demás. Sus manos —largas, elegantes, con ese anillo de sello que brillaba bajo las luces intermitentes de la ciudad— manejaban el volante con precisión milimétrica. No había hablado desde que salieron del bar, dejando que el silencio se extendiera entre ellos como una criatura viva, pulsante.El auto se detuvo frente a un edificio que Ximena reconoció inmediatamente. La Torre Obsidiana. Cuar
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