Mundo ficciónIniciar sesiónLas ex nunca aparecían por casualidad; aparecían cuando más daño podían hacer.
Ximena sintió cómo la tensión en el penthouse cambiaba instantáneamente. Thiago se había puesto rígido a su lado, su cuerpo transformándose en una línea de defensa invisible. La mujer frente a ellos —Alessandra, había dicho— sonreía con una serenidad que cortaba más que cualquier insulto directo.
—Alessandra. —La voz de Thiago salió plana, desprovista de emoción—. No sabía que estabas en la ciudad.
—Acabo de llegar de Ginebra. —Alessandra caminó hacia ellos con pasos medidos, sus tacones repiqueteando contra el mármol como un metrónomo marcando tiempo—. Patricio tenía negocios aquí. Pensé que sería grosero no saludar a viejos... amigos.
Patricio. El nombre resonó en la mente de Ximena. Había escuchado a Danilo mencionarlo antes: su hermano mayor, el cerebro detrás de las operaciones internacionales de Alcántara Holdings.
—¿Patricio Alcántara? —Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas.
Los ojos de Alessandra se posaron en ella con renovado interés. De cerca, era aún más impresionante: piel de porcelana sin un solo poro visible, cejas perfectamente arqueadas, labios pintados de un rojo oscuro que combinaba con sus uñas. Todo en ella gritaba dinero viejo y educación europea.
—Mi prometido. —Alessandra extendió su mano izquierda, donde un diamante del tamaño de una nuez brillaba bajo las luces—. Nos casamos en junio. Supongo que Thiago no mencionó que Patricio y yo estamos juntos.
Ximena miró a Thiago, buscando respuestas en su rostro de piedra. No encontró ninguna.
—Debe haber olvidado mencionarlo. —La respuesta de Ximena salió más controlada de lo que se sentía—. Han pasado muchas cosas en las últimas veinticuatro horas.
Alessandra rió. El sonido era cristalino, ensayado.
—Así que tú eres el nuevo proyecto de Thiago. —Se sentó en el sofá como si le perteneciera, cruzando las piernas con gracia ensayada—. Debo admitir que tiene cierto sentido poético. La esposa abandonada del pequeño Danilo, rescatada por el gran Thiago Monteverde. ¿Ya te contó que le gustan los proyectos rotos? Es su debilidad.
La ira burbujeó en el pecho de Ximena, caliente y viva. Horas antes, habría bajado la cabeza. Habría aceptado el insulto con una sonrisa forzada. Pero algo había cambiado cuando arrojó ese champán en la cara de Jade. Había encontrado su voz, y no estaba dispuesta a volver a perderla.
—No soy un proyecto. —Ximena se enderezó, sosteniendo la mirada de Alessandra sin pestañear—. Y definitivamente no estoy rota. Dañada, quizás. Pero eso solo me hace más peligrosa.
Silencio. Alessandra la evaluó con nuevos ojos, una chispa de algo parecido al respeto cruzando brevemente su rostro. Thiago, para su sorpresa, tenía los labios curvados en algo que podría haber sido orgullo.
—Interesante. —Alessandra se puso de pie con movimientos fluidos—. Tienes más columna vertebral que las otras. Me pregunto si sobrevivirás a él. —Se acercó a Thiago, su mano rozando su brazo en un gesto de familiaridad íntima—. ¿Le contaste de Renata?
El nombre cayó entre ellos como una granada. Ximena vio cómo cada músculo en el cuerpo de Thiago se tensaba, cómo su mandíbula se apretaba hasta que una vena pulsaba en su sien.
—Vete, Alessandra. Ahora.
—¿No sabe? —Alessandra sonrió, y esta vez había veneno en la curva de sus labios—. Oh, cariño, deberías preguntarle sobre su hermana. Sobre cómo murió. Y sobre por qué tú te pareces tanto a ella. —Se dirigió hacia el elevador, deteniéndose para mirar hacia atrás—. Fue un placer conocerte, Ximena. Estoy segura de que nos veremos pronto. Al fin y al cabo, pronto seremos familia política.
Las puertas del elevador se cerraron detrás de ella, dejando un silencio tan denso que Ximena podía sentirlo presionando contra su piel.
Thiago se alejó hacia los ventanales, sus manos metidas en los bolsillos de su pantalón, la línea de sus hombros tensa como cable de acero.
—Thiago. —Ximena se acercó cautelosamente—. ¿Quién es Renata?
—Deja esto, Ximena. —Su voz era baja, peligrosa.
—No. —Sorprendentemente, no sintió miedo—. Firmé un contrato contigo. Estoy arriesgando mi reputación, mi seguridad, todo. Merezco saber la verdad.
Él se giró bruscamente, y la intensidad en sus ojos grises casi la hizo retroceder. Había dolor ahí, crudo y sangrante a pesar de los años.
—¿Quieres saber la verdad? —Caminó hacia un mueble bar, sirviendo dos dedos de whisky que se bebió de un solo trago—. Renata era mi hermana menor. Tenía diecinueve años cuando murió. Estudiaba medicina, quería ser cirujana. Era brillante, compasiva, llena de vida.
La imagen se formó en la mente de Ximena: una chica joven, con sueños y futuro, todo arrebatado.
—¿Qué pasó?
—Fue atropellada cruzando la calle. —Thiago sirvió otro trago, pero esta vez no lo bebió, solo lo sostuvo mientras miraba el líquido ámbar—. El conductor se dio a la fuga. La dejó sangrando en la calle como si fuera basura. Murió antes de que la ambulancia llegara.
Ximena sintió cómo su garganta se cerraba. Conocía ese tipo de dolor, la pérdida repentina y violenta. Había visto en los ojos de su abuela cuando su abuelo murió.
—Lo siento. —Las palabras eran inadecuadas, pero eran todo lo que tenía.
—El conductor trabajaba para los Alcántara. —Thiago continuó como si no la hubiera escuchado—. Específicamente para Patricio. Era su chofer personal. Y cuando fue arrestado, mágicamente apareció un testigo que juró que Renata se había lanzado frente al auto. Que era suicidio. Todos los videos de seguridad desaparecieron. Los testigos reales cambiaron sus testimonios. En seis meses, el caso fue cerrado. Accidente. Ninguna responsabilidad.
La ira en su voz era palpable, vibrando en el aire como electricidad antes de una tormenta.
—Miranda Alcántara personalmente visitó a mi madre. —Su risa fue amarga—. Le ofreció dinero. Compensación por nuestro 'lamentable pérdida'. Como si pudieran comprar el perdón por asesinar a una niña.
Ximena se acercó lentamente, viendo las piezas encajar. La obsesión. El mapa en su oficina. Los años de vigilancia. Todo tenía sentido ahora.
—Por eso los odias tanto.
—Los destruiré. —No fue una amenaza. Fue una promesa, pronunciada con la certeza absoluta de un hombre que había dedicado una década a planear exactamente eso—. Y ahora que tienes la información, entiendes por qué esto no es un juego para mí.
—¿Dónde están las fotos? —preguntó Ximena suavemente—. De Renata.
Thiago dudó, luego caminó hacia un estante. Extrajo un marco de plata que había estado volteado hacia la pared. Se lo entregó sin decir palabra.
La chica en la fotografía era hermosa de una manera luminosa. Cabello castaño ondulado cayendo sobre sus hombros, ojos color miel brillando con alegría, una sonrisa que iluminaba toda su cara. Estaba en una bata de graduación, sosteniendo un diploma, el mundo entero esperándola.
Ximena vio el parecido inmediatamente. No eran idénticas, pero había similitudes innegables: la forma de los ojos, la curva de la sonrisa, el cabello.
—Por eso me ayudas. —No fue una pregunta—. Porque te recuerdo a ella.
Thiago tomó el marco de sus manos, sus dedos rozando los de ella.
—Al principio, sí. —Su honestidad fue brutal—. Vi tu foto hace años, cuando empecé a investigar a los Alcántara. Eras la esposa del más joven, la que parecía perdida en todas las fotos. Y te parecías a ella. No físicamente del todo, pero había algo... una inocencia que reconocí. Una bondad que ellos estaban destruyendo sistemáticamente.
El corazón de Ximena latía dolorosamente en su pecho.
—¿Y ahora? —Apenas pudo formar las palabras—. ¿Sigo siendo solo un sustituto para tu hermana muerta?
Thiago colocó el marco sobre la mesa y se giró hacia ella. Dio un paso hacia adelante. Luego otro. El espacio entre ellos se evaporó hasta que Ximena pudo contar cada pestaña, ver las motas más claras de gris en sus ojos.
—Ahora... —Su voz se había vuelto ronca—. Ahora eres Ximena. Una mujer que arrojó champán en la cara de su hermanastra frente a doscientas personas. Una mujer que negoció su contrato línea por línea. Una mujer que me mira como si pudiera ver directamente a través de todas mis mentiras.
Su mano se elevó, los dedos rozando su mejilla con una suavidad que contrastaba violentamente con la intensidad en su mirada.
—Eres real. Eres aquí y ahora. Y eso me aterroriza más de lo que debería.
Ximena dejó de respirar. El aire entre ellos estaba cargado de electricidad, cada átomo vibrando con posibilidad. Los ojos de Thiago bajaron a sus labios, y ella vio cómo su control comenzaba a resquebrajarse.
Se inclinó hacia adelante, y Ximena alzó su rostro, sus ojos cerrándose...
El estridente timbre de su teléfono destrozó el momento como cristal rompiéndose.
Ambos se separaron bruscamente. Ximena buscó su bolso con manos temblorosas, extrayendo el teléfono. El nombre en la pantalla hizo que su sangre se helara.
DANILO.
—No contestes. —Thiago comenzó a extender la mano hacia el teléfono.
Pero algo en Ximena se rebeló. Contestó, poniendo el altavoz.
—¿Qué quieres?
La risa de Danilo fue suave, casi afectuosa. Ese sonido que había aprendido a temer.
—Hola, amor. Solo quería informarte personalmente que presenté una orden de restricción en tu contra. Mis abogados la entregarán mañana. Tendrás audiencia en cuarenta y ocho horas.
—¿Orden de restricción? —Ximena sintió cómo su estómago caía—. ¿Con qué base?
—Eres mentalmente inestable. Peligrosa. Agrediste a Jade esta noche sin provocación. Tengo catorce videos de testigos. Testimonios de tu comportamiento errático. Y el doctor Augusto está preparado para testificar sobre tu estado mental deteriorado.
Thiago se acercó al teléfono, su voz cortante como cuchillo.
—Alcántara, esto es acoso...
—Monteverde. —El tono de Danilo se volvió satisfecho—. Deberías alejarte de mi esposa. No termina bien para los hombres que tocan lo que es mío.
—No soy tu esposa. —Ximena encontró su voz—. Nunca lo fui realmente.
—Eres lo que yo diga que eres. Y en cuarenta y ocho horas, estarás donde perteneces: bajo mi control. El juez es amigo de la familia. Ya sabes cómo funciona esto. —Una pausa—. Sueña bien, Ximena. Será tu última noche de libertad.
La línea se cortó.
Ximena se dejó caer en el sofá, el teléfono resbalando de sus dedos. Todo por lo que había luchado esa noche —la transformación, la confrontación, su renacimiento— estaba a punto de ser arrebatado.
—No puede hacer esto. —Pero incluso mientras decía las palabras, sabía que era mentira. Danilo podía hacer exactamente eso. Tenía el dinero, las conexiones, el poder.
Thiago se arrodilló frente a ella, tomando sus manos entre las suyas. Había determinación en su rostro, algo oscuro y decidido.
—Entonces tenemos cuarenta y ocho horas para convertirte en alguien a quien ningún juez se atreva a tocar.
—¿Cómo? —Ximena lo miró, desesperada—. No tengo poder, no tengo recursos...
—Tendrás mi apellido. —Las palabras cayeron entre ellos, definitivas—. Y eso te hace intocable.
Ximena parpadeó, segura de haber escuchado mal.
—¿Qué?
Thiago se puso de pie, su decisión claramente tomada.
—¿Qué tengo que hacer? —preguntó Ximena, su voz apenas un susurro.
La sonrisa de Thiago fue lenta, peligrosa, llena de promesas oscuras.
—Casarte conmigo. Mañana.







