Mundo ficciónIniciar sesiónMentir era fácil cuando habías pasado doce años fingiendo ser feliz.
El amanecer llegó demasiado rápido, encontrando a Ximena despierta en la cama de invitados, con las palabras de Thiago resonando en su mente como un disco rayado. "Te he estado esperando durante mucho tiempo." No había dormido. Cada vez que cerraba los ojos, veía ese mapa de guerra, su propia imagen juvenil conectada a secretos que no entendía.
El sonido del timbre la arrancó de sus pensamientos oscuros. Voces en la entrada. Pasos acercándose.
La puerta de su habitación se abrió sin previo aviso. Una mujer entró como un huracán de energía controlada: cabello corto teñido de un rojo intenso, vestido negro ajustado, tacones que repiqueteaban contra el mármol con autoridad. Sus ojos —delineados dramáticamente con kohl negro— evaluaron a Ximena de pies a cabeza en un solo barrido eficiente.
—Así que tú eres la que ha puesto a Thiago en modo obsesivo. —Su voz era ronca, con un dejo de diversión—. Soy Roxana Ibarra. Tu hada madrina para las próximas horas.
Ximena se incorporó en la cama, consciente de su aspecto deplorable: cabello despeinado, ojos hinchados de llorar en secreto, todavía vestida con la ropa del día anterior.
—¿Thiago te envió?
—Thiago me contrató. —Roxana dejó caer un maletín enorme sobre la cama—. Soy estilista de imagen. Trabajo con celebridades, políticos, y ocasionalmente con personas que necesitan renacer de sus propias cenizas. —Se sentó en el borde de la cama, su expresión suavizándose ligeramente—. Los Alcántara te convirtieron en una sombra, querida. Vamos a hacerte fuego.
Las siguientes tres horas fueron un torbellino. Roxana trabajaba con la precisión de un cirujano y la visión de un artista. El cabello castaño de Ximena fue cortado en capas que enmarcaban su rostro, resaltando sus pómulos. Un balayage sutil agregó profundidad y dimensión. Sus cejas fueron rediseñadas, su piel tratada con productos que probablemente costaban más que su antiguo salario mensual.
—El maquillaje es arquitectura. —Roxana hablaba mientras trabajaba, sus manos moviéndose con movimientos seguros—. Defines, resaltas, transformas. Pero la verdadera belleza viene de aquí. —Tocó el pecho de Ximena, sobre su corazón—. Tienes que creer que eres la mujer más impresionante en cualquier habitación. Porque lo eres.
Cuando finalmente le permitieron verse en el espejo, Ximena no reconoció a la mujer que le devolvía la mirada. El vestido negro que Roxana había seleccionado —crêpe de seda que se ajustaba en todos los lugares correctos antes de caer en una falda fluida— la hacía ver poderosa. Sofisticada. Peligrosa.
—Esa eres tú. —Roxana apareció detrás de ella en el reflejo, sonriendo con satisfacción—. La mujer que siempre estuvo ahí, esperando que alguien la dejara salir.
La puerta del dormitorio se abrió. Thiago entró, deteniéndose abruptamente cuando sus ojos se posaron en ella. Por un momento —breve pero innegable— algo cruzó su rostro. Sorpresa. Admiración. Algo más oscuro que no pudo identificar.
—Perfecto. —Su voz salió más ronca de lo normal. Se aclaró la garganta—. El evento comienza en una hora. Tenemos que revisar el contrato primero.
Roxana recogió sus cosas con eficiencia, guiñándole un ojo a Ximena antes de salir. Thiago ocupó su lugar, extrayendo documentos de su portafolio de cuero.
—Lee cada cláusula. —Deslizó el contrato hacia ella—. Si hay algo con lo que no estés cómoda, se negocia ahora.
Ximena tomó el documento, forzándose a concentrarse en las palabras a pesar de la forma en que su corazón latía erráticamente. El contrato era sorprendentemente directo: un año de relación pública, apariencias en eventos, comportamiento que sugiriera intimidad romántica. A cambio: cincuenta millones de pesos depositados en una cuenta a su nombre, recursos legales ilimitados, y protección completa contra los Alcántara.
Una cláusula en particular capturó su atención: "Ambas partes mantendrán habitaciones separadas en la residencia principal, excepto cuando la presencia de testigos requiera lo contrario."
—Define 'comportamiento que sugiera intimidad romántica'. —Las palabras salieron más firmes de lo que se sentía.
Thiago se sentó frente a ella, sus dedos entrelazados sobre la mesa.
—Contacto físico apropiado. Tomarnos de las manos. Mi brazo alrededor de tu cintura. Un beso ocasional si la situación lo amerita. —Hizo una pausa—. Todo teatral. Nada real.
"Nada real." Las palabras colgaron entre ellos como una mentira que ambos habían acordado creer.
Ximena firmó con mano firme. No tembló. No dudó. Cuando terminó, Thiago tomó el documento, sus dedos rozando los de ella por un segundo demasiado largo.
—Entonces comenzamos. —Se puso de pie, ofreciéndole su mano—. ¿Lista para tu debut, Ximena?
El Hotel Emperador era todo opulencia dorada y exceso calculado. El evento de caridad —beneficio para niños con cáncer— había atraído a la élite de la Ciudad de México. Empresarios en trajes de diseñador, mujeres con joyas que brillaban bajo las arañas de cristal, el sonido de conversaciones en múltiples idiomas mezclándose con música de cuerdas.
La entrada de Ximena del brazo de Thiago Monteverde provocó exactamente la reacción que él había anticipado: un silencio que se expandió como ondas en agua quieta. Las conversaciones se detuvieron. Las cabezas se giraron. Los teléfonos aparecieron, capturando el momento.
Thiago la guió a través del salón con la confianza de alguien acostumbrado a ser el centro de atención. Su mano en la parte baja de su espalda era posesiva, propietaria. Jugando su papel a la perfección.
—Sonríe. —Murmuró contra su oído, lo suficientemente cerca para que pareciera íntimo—. Estás disfrutando esto.
Y lo extraño era que, en cierta forma retorcida, lo estaba. El poder de las miradas, la envidia apenas disimulada en los rostros de otras mujeres, la forma en que los hombres evaluaban a Thiago con nueva cautela ahora que aparentemente tenía pareja.
Entonces lo vio.
Danilo estaba al otro lado del salón, con una copa de champán detenida a medio camino hacia sus labios. Jade colgaba de su brazo, espectacular en un vestido rojo que dejaba poco a la imaginación. Pero era la expresión de Danilo la que satisfizo algo oscuro en el pecho de Ximena: shock absoluto, mezclado con algo que podría haber sido furia.
Sus miradas se encontraron a través del salón. Ximena no apartó la vista. No sonrió. Solo lo miró con la misma frialdad que él había usado para destruirla.
Danilo comenzó a moverse hacia ellos, su rostro transformándose en una máscara de preocupación que probablemente había practicado frente al espejo.
—Aquí vamos. —La voz de Thiago era baja, preparándola—. Recuerda: eres fuego.
Danilo llegó con Jade pisándole los talones. De cerca, Ximena podía ver las líneas de tensión alrededor de su boca, la forma en que sus ojos la recorrían como si estuviera evaluando un objeto que había desechado pero ahora reconsideraba.
—Ximena, amor. —Su voz destilaba falsa preocupación—. Sé que estás confundida. Los últimos días han sido difíciles para ti. Pero esto... —Gesticuló hacia Thiago— no es la respuesta. Déjame llevarte a casa. Podemos hablar...
—La señorita Salazar está exactamente donde quiere estar. —La voz de Thiago cortó el aire como un látigo. Se inclinó ligeramente, protector—. Y sugiero que retrocedan antes de que esto se vuelva más incómodo de lo necesario.
Jade se adelantó, sus ojos verdes brillando con malicia.
—¿En serio, Ximena? ¿Saltaste a la cama con el primer hombre que te prestó atención? Eso es patético, incluso para ti.
Algo se rompió dentro de Ximena. Todas las humillaciones, todas las veces que había permanecido callada, todas las sonrisas falsas mientras moría por dentro, cristalizaron en un momento de claridad perfecta.
—No soy tu amor. —Las palabras salieron bajas, controladas, más mortales por su calma—. No soy tu esposa. Ya no soy nada tuyo, Danilo. —Se giró hacia Jade, permitiendo que todo su desprecio se mostrara en su rostro—. Y tú, hermanita... —Tomó la copa de champán de la mano de un mesero que pasaba—. Deberías aprender a mantener tu boca cerrada.
El champán voló del vaso, estrellándose contra el rostro de Jade en un arco dorado. El grito de su hermanastra fue lo suficientemente fuerte como para hacer que todo el salón se girara a mirar.
El caos que siguió fue instantáneo. Jade chillando, su maquillaje corriendo por su rostro. Danilo intentando controlar la situación mientras los teléfonos capturaban cada segundo. Thiago guiando a Ximena hacia la salida con urgencia suave pero firme.
En el Mercedes, Ximena comenzó a temblar. La adrenalina que la había sostenido se evaporó, dejándola vacía. Había cruzado una línea. No había vuelta atrás.
—Lo hice. —Susurró—. Dios, realmente lo hice.
Entonces las lágrimas llegaron. No elegantes, no silenciosas. Sollozos que sacudían todo su cuerpo, años de dolor y humillación derramándose finalmente.
Thiago la atrajo hacia él sin decir palabra. Sus brazos se cerraron alrededor de ella, firmes y sorprendentemente reconfortantes. Ximena enterró su rostro en su pecho, manchando su camisa de seda con rímel y lágrimas, sin importarle nada excepto la sensación de ser sostenida por primera vez en más tiempo del que podía recordar.
—Estuviste perfecta. —Su voz era baja, casi reverente—. Absolutamente perfecta.
El viaje de regreso fue un borrón. Para cuando llegaron al penthouse, Ximena se había calmado a sollozos ocasionales. Thiago la ayudó a salir del auto, su mano en su espalda mientras entraban al elevador.
Las puertas se abrieron al penthouse, y Ximena se congeló.
Una mujer estaba de pie junto a los ventanales, silueteada contra las luces de la ciudad. Era impresionante de una manera que cortaba como vidrio: cabello negro cayendo en ondas perfectas, vestido azul medianoche que se ajustaba a una figura que podría haber sido esculpida. Cuando se giró, sus ojos —tan oscuros que parecían negros— evaluaron a Ximena con una mezcla de curiosidad y algo peligrosamente cercano al desdén.
—Hola, Thiago. —Su voz era cultivada, educada en escuelas europeas y perfeccionada en salas de juntas—. ¿No vas a presentarme a tu nueva... mascota?







