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Su abuela solía decir que el diablo nunca se presentaba con cuernos, sino con traje de diseñador y promesas que sonaban demasiado buenas para ser verdad.

Ximena observaba las luces de la ciudad desde el asiento trasero del Mercedes negro, consciente de que estaba cometiendo probablemente el error más grande de su vida. O quizás el más brillante. A estas alturas, con tres shots de mezcal quemándole el estómago vacío y su mundo hecho pedazos a sus pies, la distinción entre sabiduría y locura se había vuelto borrosa.

Thiago Monteverde conducía con la misma confianza calculada con la que hacía todo lo demás. Sus manos —largas, elegantes, con ese anillo de sello que brillaba bajo las luces intermitentes de la ciudad— manejaban el volante con precisión milimétrica. No había hablado desde que salieron del bar, dejando que el silencio se extendiera entre ellos como una criatura viva, pulsante.

El auto se detuvo frente a un edificio que Ximena reconoció inmediatamente. La Torre Obsidiana. Cuarenta pisos de acero y cristal negro que dominaban el horizonte de Polanco como un monolito de ambición materializada. Había pasado frente a ella cientos de veces, siempre preguntándose quién podría permitirse vivir en la cima.

Ahora lo sabía.

El elevador privado ascendió en silencio, tan rápido que sus oídos protestaron con la presión. Thiago seguía sin hablar, pero ella podía sentir su mirada sobre ella, evaluándola, midiendo cada reacción como si fuera un experimento científico.

Las puertas se abrieron directamente en el penthouse.

El espacio que se desplegó ante los ojos de Ximena era una declaración de poder sin disculpas. Ventanales del piso al techo mostraban la Ciudad de México extendiéndose como un mar de luces doradas. Los muebles eran de diseño minimalista, todo líneas limpias y colores neutros que permitían que la vista fuera la verdadera protagonista. Arte que ella reconoció de sus días como estudiante de arquitectura colgaba de las paredes: un Tamayo, un Remedios Varo que debía valer millones.

—Siéntate. —La voz de Thiago cortó sus pensamientos. No fue una sugerencia.

Ximena se dejó caer en un sofá de cuero italiano que probablemente costaba más que su auto. Antiguo auto. Ya no tenía nada.

Thiago desapareció tras una puerta y regresó momentos después con una carpeta de cuero negro. La colocó sobre la mesa de centro frente a ella con un golpe seco que hizo que Ximena se sobresaltara.

—Ábrela. —Otra orden, no una petición.

Con dedos temblorosos, Ximena abrió la carpeta. La primera imagen le robó el aliento: Danilo y Jade en un hotel, besándose junto a una alberca. La fecha en la esquina inferior decía: 2 años, 3 meses, 7 días atrás.

Pasó la página. Más fotos. Danilo y Jade entrando a un departamento. Danilo y Jade en un restaurante, sus manos entrelazadas sobre la mesa. Cada imagen era una puñalada, pero había algo casi liberador en ver la evidencia física. No estaba loca. No había imaginado las ausencias, las llamadas tardías, la frialdad creciente.

—Sigue. —La voz de Thiago sonaba cercana. Se había sentado junto a ella, tan cerca que podía oler su colonia: algo oscuro y especiado que se ajustaba perfectamente a él.

Las siguientes páginas eran documentos bancarios. Transferencias de la cuenta que Ximena había heredado de su abuela, movimientos que ella nunca había autorizado. Cientos de miles de pesos desviados a cuentas offshore, todos con la firma de Danilo falsificando la de ella.

—¿Cómo conseguiste esto? —Las palabras de Ximena salieron apenas como un susurro.

—Tengo recursos. —Thiago se reclinó en el sofá, observándola con esos ojos grises que parecían contener tormentas—. Y los Alcántara tienen enemigos. Muchos enemigos.

Ximena cerró la carpeta, incapaz de seguir mirando la evidencia de su propia estupidez. Doce años. Había desperdiciado doce años de su vida con un hombre que la había visto como nada más que un medio para un fin.

—¿Por qué me ayudas? —preguntó, girándose para enfrentarlo. El alcohol en su sistema le daba un valor que normalmente no poseería—. No me conoces. No te debo nada. Así que, ¿qué quieres realmente?

La sonrisa de Thiago fue lenta, peligrosa.

—Inteligente. Me gusta eso. —Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en sus rodillas—. Necesito que finjas ser mi pareja durante un año.

El silencio que siguió fue absoluto. Ximena lo miró fijamente, segura de haber escuchado mal.

—¿Qué?

—Los Alcántara quieren comprar terrenos que poseo. Terrenos que necesitan para expandir su imperio hotelero. —Thiago habló con la precisión de alguien acostumbrado a negociar acuerdos millonarios—. Han intentado todo: sobornos, amenazas, presión política. Nada ha funcionado. Pero si creen que tú, la esposa abandonada de Danilo, estás conmigo... intentarán destruirme. Y en el proceso, revelarán exactamente lo que necesito para hundirlos legalmente.

Ximena procesó las palabras lentamente. Su mente, embotada por el shock y el alcohol, luchaba por seguir el ritmo.

—Quieres usarme como carnada.

—Quiero darte las herramientas para tu venganza. —La corrección de Thiago fue suave pero firme—. A cambio de tu cooperación, te ofrezco cincuenta millones de pesos, recursos legales ilimitados, y protección contra cualquier intento de Danilo de declararte inestable.

La cifra flotó en el aire entre ellos. Cincuenta millones. Más dinero del que había ganado en toda su vida. Suficiente para empezar de nuevo, para recuperar todo lo que Danilo le había robado.

—¿Y qué tengo que hacer exactamente?

—Aparecer a mi lado en eventos públicos. Actuar como mi pareja. Convencer a todos de que estamos... involucrados. —Los ojos de Thiago se oscurecieron ligeramente—. Necesita ser convincente. Los Alcántara son expertos en detectar mentiras.

Ximena se puso de pie bruscamente, necesitando distancia. Caminó hacia los ventanales, mirando la ciudad que se extendía bajo ella. Desde aquí arriba, todo parecía pequeño, manejable. Danilo estaba allá abajo en algún lugar, probablemente celebrando su victoria. La idea de que lo viera con otro hombre, especialmente con alguien como Thiago Monteverde, tenía un atractivo oscuro e innegable.

—¿Por qué los odias tanto? —preguntó sin girarse—. Tiene que haber más que solo terrenos.

El silencio que siguió fue tan largo que Ximena pensó que no respondería. Finalmente, escuchó el susurro de tela cuando Thiago se levantó, sus pasos acercándose hasta que lo sintió detrás de ella, su presencia una masa de calor y poder contenido.

—Los Alcántara me quitaron algo irreemplazable. —Su voz era baja, cargada de una emoción que no pudo identificar—. Alguien que amaba. Y han vivido sin consecuencias durante demasiado tiempo.

Ximena se giró lentamente. Estaban tan cerca que tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás para mirarlo a los ojos. Había dolor allí, enterrado bajo capas de control férreo, pero real. Reconoció esa clase de herida. Era la misma que había visto en su propio reflejo horas antes.

—No me estás diciendo todo. —No fue una acusación, solo un hecho.

—No. —Thiago no intentó negarlo—. Pero te estoy diciendo suficiente.

Ella debería haber dicho que no. Debería haber salido de ese penthouse, haber encontrado otra manera, haber evitado enredarse con un hombre que claramente jugaba en una liga completamente diferente. Pero mientras miraba esos ojos grises y pensaba en Danilo durmiendo tranquilamente esa noche, en Jade riéndose de su dolor, algo duro y frío cristalizó en su pecho.

—Cincuenta millones. —Repitió la cifra—. Y quiero un contrato que especifique exactamente qué se espera de mí. Nada de sorpresas.

La sonrisa de Thiago fue genuina esta vez, transformando completamente su rostro.

—Por supuesto. Mis abogados lo redactarán mañana. —Extendió su mano—. ¿Tenemos un acuerdo?

Ximena miró la mano extendida. Esta decisión cambiaría todo. No había vuelta atrás después de esto. Pero quizás eso era exactamente lo que necesitaba. Un punto sin retorno.

Colocó su mano en la de él. Sus dedos se cerraron alrededor de los suyos, firmes, cálidos.

—Tenemos un acuerdo.

—Excelente. —Thiago no soltó su mano de inmediato. Sus ojos la recorrieron con una intensidad que hizo que algo en el estómago de Ximena se contrajera—. La habitación de invitados está al final del pasillo. Descansa. Mañana comenzamos.

La soltó y se alejó, desapareciendo por un pasillo lateral. Ximena se quedó allí, mirando su mano como si perteneciera a otra persona. Acababa de vender su alma al diablo. O quizás, acababa de recuperarla.

La habitación de invitados era más grande que su antigua sala. Decorada en tonos grises y blancos, con una cama king size que parecía lo suficientemente suave como para ahogarse en ella. Pero el sueño era imposible. Su mente corría en círculos, procesando todo lo que había pasado en las últimas horas.

A las tres de la mañana, se rindió. Se levantó, envuelta en la bata de seda que había encontrado en el baño, y salió a explorar. El penthouse estaba en silencio, solo las luces de la ciudad proporcionando iluminación.

Pasó frente a puertas cerradas hasta que una en particular llamó su atención. Estaba entreabierta, una franja de luz escapando por la rendija. Curiosidad y algo más oscuro —necesidad de entender con quién acababa de aliarse— la empujaron hacia adelante.

La oficina era todo lo que esperaba: escritorio de madera oscura, estanterías llenas de libros, tecnología de punta. Pero fue la pared del fondo la que la congeló en su lugar.

Era un mapa de conexiones. Fotos impresas, documentos, recortes de periódicos, todos conectados por hilos rojos que formaban una telaraña compleja. En el centro estaba Danilo, su rostro marcado con múltiples líneas que se ramificaban hacia otras figuras. Miranda Alcántara, la matriarca. Patricio Alcántara, el hermano mayor. Jade, conectada a Danilo con un hilo grueso.

Pero fue la foto en la esquina superior izquierda la que hizo que el corazón de Ximena se detuviera por completo.

Era ella. Mucho más joven, tal vez de dieciocho años, sonriendo a la cámara en lo que parecía ser el campus de su universidad. Llevaba puesta la sudadera de arquitectura que había amado, su cabello más largo, sus ojos aún llenos de sueños que no habían sido destrozados.

Un hilo rojo conectaba su foto con la de Danilo. Pero había otro hilo, uno diferente, plateado en lugar de rojo, que la conectaba con una foto que no podía ver bien desde donde estaba.

Ximena dio un paso más cerca, su corazón martillando contra sus costillas.

—No deberías estar aquí.

La voz de Thiago, fría y cortante, la hizo girar bruscamente. Estaba en el umbral, su expresión ilegible, vestido solo con pantalones de pijama que colgaban peligrosamente bajos en sus caderas. La luz tenue acentuaba cada músculo de su torso desnudo, las líneas de su abdomen, la forma en que su piel parecía dorada contra la oscuridad.

—¿Por qué tienes una foto mía de hace doce años? —Las palabras de Ximena salieron más fuertes de lo que se sentía—. ¿Qué no me estás diciendo, Thiago?

Él se acercó con pasos lentos, deliberados. No respondió hasta que estuvo tan cerca que ella tuvo que inclinar su cabeza hacia atrás para sostener su mirada.

—Porque nuestro encuentro esta noche no fue coincidencia, Ximena. —Su voz era apenas un susurro, pero cada palabra cayó entre ellos con el peso de una confesión—. Te he estado esperando durante mucho, mucho tiempo.

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