YA SABEMOS QUIÉN ES

El despacho estaba en silencio. Un silencio denso, elegante, apenas interrumpido por el leve tintinear del cristal cuando Fabien giró la navaja entre sus dedos.

La observaba con detenimiento. Como si no fuera un arma… sino un objeto digno de estudio.

El metal reflejaba la luz tenue del lugar con un brillo frío, casi hipnótico. La hoja, finamente trabajada, mostraba un patrón ondulado que parecía moverse al ritmo de la luz.

Pero lo que más llamaba la atención no era la hoja. Era el mango.

Pulido, elegante, con incrustaciones en un rojo profundo que parecía casi sangre líquida bajo la iluminación. Como si encerrara algo vivo en su interior. Un contraste perfecto con el acero plateado que lo rodeaba, formando líneas suaves, casi orgánicas.

Fabien deslizó el pulgar por el borde, hasta llegar a tocar el filo, especialmente la zona donde un nombre estaba grabado en el metal: Madeleine.

—¿Acaso ese es tu nombre, muñequita? —murmuró.

Su mente regresó, inevitablemente, a ese instante. A la presión del acero contra su cuello. A su mirada. No temblaba. No dudaba.

Luego recordó lo que le hizo a la muñequita con esa navaja y la forma en que su cuerpo se estremeció debajo de él cuando alcanzó la cima del clímax.

«Y eso que solo fue una navaja manipulada por mi mano —pensó—. Si me hubiera tenido dentro de ella...»

Una sonrisa perversa se dibujó en su boca mientras imaginaba cómo debía ser estar enterrado bien profundo dentro de ella, mientras se deshacía de placer bajo su cuerpo.

Un golpe suave en la puerta lo sacó de sus pensamientos.

—Adelante.

La puerta se abrió. Rainier entró con paso firme, una carpeta en la mano.

—Señor.

Fabien no levantó la vista de inmediato.

—¿Y bien?

Rainier avanzó unos pasos más hasta detenerse frente al escritorio.

—Tenemos la información que pidió sobre la chica del club.

Eso sí captó su atención.

Fabien alzó la mirada. Lenta. Precisa.

—¿Quién es?

Rainier extendió la carpeta.

—Será mejor que lo vea usted mismo.

Fabien dejó la navaja sobre el escritorio, aunque sus dedos permanecieron un instante más sobre ella, como si no quisiera soltarla del todo.

Luego tomó la carpeta. La abrió y lo primero que vio fueron fotografías.

Varias de la misma mujer. En distintos lugares. En la playa de Saint-Tropez. Caminando descalza sobre la arena, el viento moviendo su cabello, ajena a la vigilancia. Con un traje de baño que le hizo sentir a Fabien un calor en la entrepierna.

Otra imagen. Más cercana. Riendo con otra chica, una copa en la mano.

Fabien entrecerró los ojos y pasó a otras imágenes.

Inmediatamente reconoció dónde era allí: Luxemburgo.

Su expresión cambió. Se detuvo. Observó con más atención. No era cualquier sitio. No era cualquier casa.

Su mirada se afiló y tomó la siguiente hoja, en la que estaban los datos.

Nombre completo.

Sus ojos se detuvieron allí.

[[Madeleine Éléonore Le Roy de Beaumont.]]

Fabien enarcó una ceja. Una sonrisa lenta se dibujó en sus labios.

—Así que es una Le Roy…

—Así es, jefe —respondió Rainier—. La chica pertenece al extinto ducado de Valmont, Casa Le Roy... los enemigos de los Lacroix.

El aire en la habitación cambió. No era sorpresa. Era… una confirmación.

Fabien volvió a las fotografías y encontró otra.

Madeleine estaba en un jardín amplio, perfectamente cuidado. Hablando con un hombre… y una mujer. Inmediatamente Fabien reconoció a Claudine Le Roy y su hijo mayor, Rainier Le Roy de Beaumont.

No necesitaba que se lo explicaran. Lo entendió al instante.

Observó la imagen unos segundos más y luego apoyó la carpeta sobre el escritorio. Pero no apartó la mirada.

—Así que por eso querías matarme, muñequita… —murmuró, más para sí mismo que para Rainier.

La pieza encajaba.

El odio. La intención. La audacia. Las ganas de cortarle el cuello.

Todo tenía sentido ahora.

Pero eso no borraba lo otro.

Esa mirada. Esa forma de enfrentarlo. El hecho de que había subido… sabiendo que podía morir en el intento.

Una risa baja escapó de los labios de Fabien. Peligrosa. Satisfecha.

Fabien tomó de nuevo la navaja y la giró entre sus dedos.

Como si ya no fuera un simple trofeo, sino una promesa.

—Bueno, muñequita… —murmuró— vamos a darte otra oportunidad para intentarlo.

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