QUIZÁ NO LA APRUEBEN

El despacho de la reina Evangeline estaba bañado por una luz suave que se filtraba a través de los ventanales altos, iluminando los tonos marfil y dorado del mobiliario con una sobriedad impecable. Nada en aquella habitación estaba fuera de lugar. Cada objeto, cada documento, cada detalle transmitía control.

Evangeline permanecía sentada tras su escritorio, revisando unos documentos mientras Pam, su mejor amiga y secretaria de asuntos de Estado, le exponía en voz clara los últimos informes diplomáticos. La conversación fluía con precisión, sin distracciones, hasta que un golpe en la puerta interrumpió el ritmo.

—Adelante.

La puerta se abrió.

No era una visita cualquiera.

Entraron los dos Fabien: padre e hijo, y detrás de ellos, Angeline cerró la puerta con suavidad, su mirada curiosa recorriendo la escena antes de posarse en su madre.

Evangeline alzó la vista, sorprendida, pero no incómoda. Una sonrisa elegante, medida, apareció en sus labios.

—Vaya… —comentó con una ligera inclinación de cabeza—. ¿A qué debo el honor de tenerlos a todos aquí al mismo tiempo?

Fabien, su hijo, no perdió tiempo.

—Quiero hablar de algo importante. Con toda la familia.

El tono fue suficiente para cambiar la atmósfera.

Evangeline entrecerró los ojos apenas, estudiándolo con la misma atención con la que evaluaba una crisis de Estado.

—Oh, vaya… —murmuró—. Por ese tono, realmente parece importante... y delicado.

—Lo es —afirmó su hijo.

Evangeline giró ligeramente el rostro hacia Pam.

—Déjanos un momento...

—No —interrumpió Fabien con calma, pero sin espacio para réplica—. Este asunto también le compete a Pam... y creo que hasta al Estado.

El ceño de Evangeline se frunció con claridad esta vez. No era común que su hijo interviniera en sus decisiones de ese modo, y menos aún frente a terceros. Su mirada se volvió más aguda, intentando anticipar el motivo de aquella reunión.

—Muy bien —dijo finalmente, señalando los asientos frente a su escritorio—. Entonces tomen asiento.

Todos obedecieron.

Su padre lo hizo con tranquilidad calculada, cruzando una pierna sobre la otra, observando en silencio. Angeline se acomodó con un gesto elegante, aunque la expectación se reflejaba en sus ojos. Fabien permaneció erguido, seguro, como si ya hubiera decidido cada palabra que iba a decir.

Evangeline apoyó las manos sobre el escritorio.

—Habla.

Fabien tomó aire.

No dudó.

—El motivo por el que los he reunido a todos —empezó— es para informarles que he encontrado a una mujer con la que quiero contraer matrimonio.

El silencio fue inmediato. Pesado. Denso.

Su madre fue la primera en reaccionar.

—¿Estás hablando en serio?

—Muy en serio —afirmó Fabien.

Angeline soltó una pequeña exhalación, incrédula.

—Pero si tú mismo aseguraste que jamás te ibas a casar.

Fabien se encogió de hombros con una despreocupación que contrastaba con la tensión del ambiente.

—He cambiado de opinión. —Sus labios se curvaron apenas—. Porque esta mujer es... diferente a todas las que he conocido.

Su padre lo observó con más atención entonces, evaluando no solo sus palabras, sino lo que había detrás de ellas.

—¿Quién es esa mujer tan diferente?

Fabien no respondió de inmediato.

El silencio se extendió unos segundos más de lo necesario. Se llevó la mano a la barbilla, frotándola con lentitud, como si organizara sus pensamientos o, quizá, como si disfrutara del momento.

Una leve sonrisa, casi imperceptible, apareció en su rostro.

—Ahí está el problema.

Evangeline frunció el ceño con más fuerza.

—¿Qué problema?

—Que quizá no aprueben mi elección… —respondió, con una calma que no coincidía con el peso de sus palabras—. Por su familia.

Su padre inclinó ligeramente la cabeza.

—¿De quién se trata?

El aire pareció detenerse.

Fabien guardó silencio una vez más, dejando que la tensión creciera lo suficiente como para que todos sintieran su peso.

Y entonces habló.

—Es una Le Roy.

El efecto fue inmediato.

No hubo necesidad de explicaciones.

El nombre bastaba.

Evangeline se quedó completamente inmóvil, su expresión endureciéndose de forma casi imperceptible, como si una memoria antigua acabara de abrirse paso. Angeline dejó de fingir tranquilidad, y su sorpresa se volvió evidente. Fabien padre no reaccionó de forma visible, pero su mirada se volvió más fría, más calculadora.

El silencio que siguió ya no era expectante. Era peligroso, porque todos sabían lo que significaba ese apellido... esa familia.

Y lo que implicaría… si Fabien hablaba en serio.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP