Mundo ficciónIniciar sesiónUna sonrisa leve, casi imperceptible, se dibujó en los labios de Fabien mientras observaba cómo la mujer del vestido rojo empezaba a seguir a los dos hombres que habían ido a invitarla a subir. Se dio la vuelta y le ordenó a todos que salieran del reservado.
Sus órdenes no se repetían, incluso Lorenzo las seguía al pie de la letra, así que todos empezaron a salir, dejándolo solo allí arriba. Madeleine sintió cómo su corazón golpeaba con fuerza contra su pecho mientras avanzaba. Un paso. Luego otro. Las escaleras parecían más largas de lo que eran. «Puedes hacerlo. —Apretó los labios—. Claro que puedes.» No iba a retroceder ahora. No después de todo. Sus manos no temblaban. Su respiración era controlada. Solo ese pulso traicionero insistía en recordarle que estaba entrando en la boca del lobo. Cuando llegó a la puerta del reservado, uno de los hombres la miró. —Adelante. La están esperando. Ella asintió apenas. Empujó la puerta y entró. El lugar estaba vacío, excepto por él. Aún de espaldas, Fabien se veía imponente. Apoyado en el barandal como si el mundo entero le perteneciera. Madeleine tomó aire y avanzó. Tacones firmes contra el suelo y se detuvo justo detrás de él. Carraspeó suavemente. —¿Fuiste tú quien me mandó a llamar? Fabien se giró y el tiempo pareció detenerse. Sus miradas chocaron. Silencio. Uno… dos… tres segundos. Él la recorrió de pies a cabeza sin disimulo alguno. De cerca estaba más jodidamente buena que de lejos. Mucho más. Pero no era solo eso. Había algo en su mirada. Algo que no encajaba. Madeleine hizo lo mismo. Lo midió. Lo evaluó. Y en su mente, una sola conclusión: «Un principito idiota. Esto será fácil.» Fabien inclinó apenas la cabeza. —Sí —respondió con calma absoluta—. Yo fui. Madeleine alzó las cejas con un gesto sutil. —¿Y por qué? Él no respondió de inmediato. En lugar de eso, comenzó a moverse. Lento. Silencioso. Rodeándola como un depredador. Se detuvo justo detrás de ella. Su presencia era abrumadora, su cercanía… peligrosa. Se inclinó apenas. —¿De verdad no sabes por qué un hombre llamaría a una mujer a un área privada en una discoteca? Su voz viril rozó su oído, provocándole un escalofrío que le recorrió la columna. Madeleine ladeó los labios. —Tengo una idea. —¿Ah, sí? —murmuró él—. ¿Cuál? Ella giró ligeramente la cabeza para mirarlo. —Para tener sexo. Fabien soltó una risa baja. —Y aun así decidiste subir. —Hizo una pausa—. Sin pensar que podrías estar en peligro. Madeleine sostuvo su mirada. —Lo mismo hiciste tú. Silencio. Tenso. —Me llamaste —continuó— sin pensar que podrías estar en peligro. Fabien sonrió. —Touché. —Se inclinó apenas más cerca—. Pero yo no le temo al peligro. Sus ojos brillaron. —De hecho... lo disfruto. Me excita. Madeleine no retrocedió. —Yo también. Esa vez, él rió de verdad. La tomó de la mano. —Entonces no perdamos tiempo. La guio hasta uno de los sillones. Ambos se sentaron. El aire se volvió denso. Cargado. Fabien se inclinó hacia ella con lentitud y deslizó una mano para rodearle la nuca. Su agarre posesivo alteró los latidos del corazón de Madeleine. Tiró de ella y la atrajo hacia sí, hasta dejarla sentada a horcajadas sobre su regazo. El vestido se le subió por completo y Madeleine sintió un tirón de necesidad en lo más profundo de su sexo cuando sintió el grosor y la dureza palpitante sobre la que había quedado sentada rozando su sexo y humedeciéndola sin querer. Fabien llevó la boca hasta la de ella y tomó sus labios en un beso ardiente, mientras su otra mano se deslizó por su cintura y llegó hasta su trasero, el cual apretó sin miramientos. Después de amasar cada una de sus nalgas, metió su mano dentro de la finísima tanga que apenas la cubría. Estaba empapada y Fabien tuvo que calmarse para no enterrarse en ella hasta las pelotas. Sus nudillos le recorren la abertura y ella reprimió un gemido. Fabien sonrió y apostó más alto. La besó con fuerza. Quería que el carmín de sus labios les manchara el rostro a los dos. Sus lenguas se enredaronn y ella movió las caderas. El roce del trasero de ella contra la erección de él hizi que se hinchara aún más. Con el pulgar en su clítoris, deslizó un dedo en su interior. Ella le apretó los hombros con las manos y soltó un gemido. Su coño estaba tan mojado y listo que le metió otro dedo mientras aumentaba la presión con el pulgar. Involuntariamente, Madeleine dejó escapar otro gemido de placer contra la lengua de Fabien, más intenso, más fuerte. No tenía pensado disfrutar, de hecho, pensaba que solo sentiría repulsión, pero... joder. El tipo era tan bueno que provocó que una sacudida de calor ardiente fuera directo a su sexo y que sus pezones se tensaran bajo la delgada tela del vestido, llorando de necesidad para que aquellas grandes y fuertes manos le dieran un poco de cariño. Como si escuchara su súplica silenciosa, la mano que Fabien tenía en la nuca de Madeleine bajó hasta una de sus tetas y la apretó. Madeleine gimió arqueando la espalda para aplastar su pecho contra la enorme palma de Fabien. Los dedos del príncipe bajaron la poca tela que cubría la teta y pellizcaron el pezón, sonsacándole a Madeleine un gruñido. Fabien abandonó la boca de Madeleine y bajó su boca para alcanzar su pezón. Chupó, mordisquió, lamió y volvió a chupar. Madeleine tuvo que hacer un gran esfuerzo para recordarse el verdadero motivo por el que había subido hasta allí y, mientras Fabien devoraba sus pezones y la follaba con sus dedos, aprovechó para que su mano se deslizara hacia su bolso. La navaja apareció sin ruido y en un movimiento ágil, Madeleine la colocó contra el cuello de Fabien. —Debiste pensarlo mejor —susurró, mordiendo las palabras— antes de invitarme a subir. La presión del filo contra la carne aumentó apenas. —Porque mi propósito es matarte, asqueroso Lacroix.






