Rainier sonrió negando con la cabeza y le dio una palmada en el hombro a su amigo.
—Entonces procuraré cumplir —dijo.
Fabien asintió y, antes de que su amigo se subiera al coche, agregó:
—Cuídate tú también. Vas a entrar a la cueva de las víboras y recuerda que las hijas de perra son letales.
Rainier soltó un bufido.
—Lo sé. Pero me gusta matar serpientes.
Se sentó en el asiento del copiloto y antes de cerrar la puerta volteó a ver a su amigo y miró cómo él se reía.
Pocos minutos después