Por un instante sintió que el pánico la atravesaba, pero le duró lo mismo que un suspiro porque el cañón se restregó una vez más contra ese punto palpitante y Madeleine tuvo que emitir un gruñido devastador. Su sexo estaba tan hinchado, tan resbaladizo y caliente, que solo necesitó unos pocos golpes en su clítoris para que Fabien la empujara hasta el borde del orgasmo y mantenerla allí.
Con un grito de necesidad, ella movió sus caderas hacia atrás y adelante contra la pistola, su pequeño y se