Capítulo 120.

NARRADOR.

El pabellón de mujeres en la prisión estatal era un infierno, el sol entraba a cuentagotas a través de barrotes oxidados y el aire siempre olía a sudor rancio y desinfectante barato. Las reclusas se movían como sombras, formando alianzas frágiles que se rompían con una mirada equivocada o un rumor malintencionado. Elena Rodríguez había llegado primero, meses atrás, tras su arresto en el escándalo de la red criminal. Con su reputación de manipuladora fría, se había posicionado rápidame
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