El televisor seguía encendido, mudo ahora, proyectando la imagen congelada de Lee Jae-hyun y Choi Seo-yeon, sus manos entrelazadas, sus sonrisas resplandecientes. Era una foto de portada para un cuento de hadas corporativo, pero para Kang Ji-woo, era la imagen de su propia ejecución. El dolor de la traición era una herida abierta, sangrando sin cesar, pero bajo esa agonía, una nueva determinación, fría y cortante como el acero, comenzaba a solidificarse. Si él podía negarla tan fácilmente, ella