La tenue luz del amanecer aún se aferraba a la ventana del pequeño apartamento de Kang Ji-woo, proyectando sombras melancólicas sobre su escritorio. Una hoja de papel, impecablemente blanca, yacía frente a ella: su carta de renuncia. Las palabras, concisas y profesionales, estaban ya escritas, pero su mano temblaba ligeramente, incapaz de firmar. El dolor sordo en su pecho era un presagio, una advertencia de que el día traería más que solo una despedida. Había pasado la noche en vela, el agotam