La Torre Haneul, que una vez había sido el símbolo de sus sueños y aspiraciones, ahora se sentía como una prisión helada para Kang Ji-woo. Cada paso por el reluciente vestíbulo era una marcha a través de un campo minado de miradas. Los guardias de seguridad, que solían sonreírle, ahora la observaban con una frialdad impersonal. Los empleados, sus antiguos compañeros, desviaban la vista, se apresuraban a pasar, o la miraban con una mezcla de lástima, curiosidad y desprecio. El aire era pesado co