Richard estaba en su despacho, la mesa de caoba cubierta de documentos y el aire cargado con el humo denso de un cigarro recién encendido. Llevaba la mañana revisando balances de la compañía, cuando sonó el teléfono privado. Esa línea solo se usaba para información delicada.
Contestó sin demora.
—¿Qué tienes?
La voz de su informante sonó segura, pero algo titubeante, como quien sabe que lo que trae no será bien recibido.
—Señor… Julian Blackthorne ya ha empezado a mover fichas. Tiene a un aboga