La puerta se cerró tras él con un leve clic. Julian entró despacio, con la chaqueta aún impregnada del aroma a café. Kira lo esperaba en la cama, sentada contra los cojines, con el cabello suelto cayéndole sobre los hombros. Sus ojos lo buscaron de inmediato, inquietos.
—¿Cómo fue? —preguntó, intentando leerle el gesto.
Julian dejó la chaqueta sobre la silla y se acercó a ella, tomando asiento en la orilla de la cama. No respondió al instante. Le tomó la mano y la acarició, como si en ese gesto buscara valor.
—Difícil —murmuró—. Siempre lo es, cuando se trata de esa familia.
Kira ladeó la cabeza, con suavidad.
—¿Qué pasó?
Julian bajó la mirada. Había cargado con secretos toda su vida, pero este lo quemaba por dentro. Dudó. Una parte de él quería protegerla, evitar añadir más peso a su corazón frágil. Pero otra parte sabía que ocultarlo sería lo mismo que repetir los errores de los Blackthorne: callar, manipular, dejar las verdades enterradas.
Respiró hondo.
—Le pregunté a William quié