La mañana entraba con un sol tímido por la ventana de la habitación. Kira estaba recostada, con la piel aún pálida, pero había recuperado algo de color. Julian estaba junto a ella, como siempre, atento a cada movimiento, cada respiración.
La puerta se abrió con un suave golpeteo, y William apareció. Traía en las manos una caja alargada, envuelta en papel azul con un moño discreto.
—Buenos días —dijo con voz grave, aunque más cálida que la noche anterior.
Julian se puso de pie de inmediato. Sus