Diego llevaba días sin dormir bien. No porque no pudiera, sino porque cada vez que cerraba los ojos, las imágenes se mezclaban con voces que no estaban ahí.
Se quedaba sentado en la penumbra, en ese pequeño departamento que olía a encierro y cigarro viejo, mirando la pared como si pudiera ver a través de ella. En su mente, la veía a ella: Kira. No como era en realidad, sino como él había decidido que debía ser. Una versión moldeada a su medida, más dócil, más agradecida, más… suya.
Esa mañana,