El ascensor desapareció con su eco metálico, y la noche quedó suspendida en el aire del piso 58.
Durante un largo minuto, ninguno de los tres habló.
Solo el sonido distante de la ciudad —sirenas, bocinas, un helicóptero lejano— recordaba que el mundo seguía, indiferente a lo que acababa de ocurrir en esa sala.
Julian fue el primero en m