La sala de reuniones del hospital había sido transformada en un búnker de decisiones. Habían corrido las cortinas, apagado las luces innecesarias y traído una mesa larga; nadie quería cámaras, nadie quería eco. En una de las cabeceras estaban Julian y Leo; cerca, como dos pilares, Amhed y el oficial que llevaba el caso; Marcus permanecía sentado con las manos juntas, los ojos cansados pero alerta; y William, vestido con esa elegancia envejecida que escondía remordimientos, limpió la garganta an