La mañana no pidió permiso: se encendió en la cocina con el vidrio empañado y un hilo de luz que partía en dos la mesa. Kira despertó con la claridad de quien no ha dormido mucho pero sí ha descansado donde debía. Damian, en el moisés, respiraba con ese temblor mínimo que parece el parpadeo del mundo. Julian ya estaba de pie: camiseta vieja, el pelo alborotado, los pies descalzos y esa eficiencia tranquila que se estrena cuando un hombre empieza a cargar el día sin que se le note.
—Hoy nos visit