ALESSANDRO RIZZO
Llegué a la casa y fui directo al sótano, donde todo lo bueno pasaba. El informante se encontraba sentado con las manos atadas.
—Vamos. ¿Por qué lo tienes amarrado, Lucas? Es nuestro informante —hablé con ironía—. Él nos dirá todo, ¿verdad?
El hombre asiente varias veces; está asustado, casi al borde de orinarse en los pantalones.
—Sí, le diré lo que quiera, pero no me haga nada.
Tomo una silla y me siento frente a él.
—Tienes mi completa atención.
—El señor Russo me contrató p