VALERIA RIZZO
Todo mi maldito cuerpo dolía. Era un dolor profundo, insoportable, como si cada músculo estuviera desgarrado. No se lo desearía ni a mi peor enemigo. Intentar sentarme era una tortura, y ni hablar de ponerme de pie. Para todo dependía del señor Mario, quien, aunque me ayudaba con delicadeza, empezaba a despertar en mí sensaciones inesperadas. Era un caballero, sí, pero también un hombre atractivo, y eso comenzaba a perturbar mi salud mental y mi cordura.
—Hola, Valeria. Debemos ir