En Scilla, la luz del amanecer se filtra por los grandes ventanales de la habitación que Rocco compartía con Caterina. Él, sentado sobre un confortable sillón y con los codos sobre sus rodillas y las manos cerradas debajo de su mentón, observa al bebé de pelo oscuro que duerme apaciblemente en medio de la cama y rodeado de almohadas y cojines.
Anna les entregó una reserva de leche materna de Caterina y les aseguró que no alcanzaría para más de veinticuatro horas y les recomendó una