El amanecer llegó cubierto por un velo gris.
El sol no se alzó con su habitual fulgor sobre el Palacio de la Luna Eterna; apenas un resplandor pálido atravesaba las nubes, proyectando sombras inquietas sobre los jardines.
Risa despertó sobresaltada, jadeando, con el corazón al borde del desgarro.
El sueño se repetía desde hacía noches: un trono de piedra, un fuego oscuro, una voz que la llamaba “Elaris”.
Pero esa madrugada, algo había cambiado.
El fuego no se extinguió al abrir los ojos. Perman