La luna ascendía sobre las torres del Palacio de las Sombras como una diosa blanca y distante, derramando su luz sobre los balcones de piedra. El aire estaba impregnado de un silencio expectante, como si incluso el viento temiera romper el hechizo que pesaba sobre la noche.
Desde la torre más alta, Noctara observaba. Su silueta, envuelta en un manto de sombras vivas, se recortaba contra el brillo plateado del cielo. No necesitaba ojos para ver: el poder antiguo que dormía en su sangre le permi