El silencio era sepulcral en los corredores del Castillo de las Sombras. Las antorchas chisporroteaban con un aire fúnebre, como si hasta el fuego sintiera que la vida del rey se apagaba. Frente a las puertas de los aposentos, un grupo de sirvientes, guardias y consejeros aguardaba con rostros sombríos, temiendo lo peor.
De pronto, la puerta se abrió y el médico real salió con la mirada baja, cargando en sus hombros el peso de un destino irreversible. Sus palabras fueron como un cuchillo que de