El amanecer encontró al Castillo de las Sombras envuelto en un silencio tenso. Las primeras luces atravesaban los ventanales, bañando los pasillos con un resplandor dorado que parecía incompatible con la incertidumbre que aún reinaba en los corazones de todos. Afuera, la vida del reino pendía de un hilo; dentro, los rumores corrían como susurros que se mezclaban con el crujido de las antorchas.
Los guardias habían obedecido al pie de la letra las órdenes de Risa: las puertas estaban cerradas, n