La oscuridad no fue un vacío.
Fue un choque.
Como caer dentro de un corazón gigante que no deja de latir, un espacio hecho de pulsos, de vibraciones, de algo tibio y opresivo que se adhería a la piel del alma como membrana viva.
Thallia no veía.
No oía.
No tenía cuerpo.
Pero existía.
Y eso, en ese lugar, ya era un triunfo.
No sabía cuánto tiempo pasó.
Puede haber sido un parpadeo.
Puede haber sido siglos.
La voz del rey —antes un eco fragmentado— regresó como un golpe directo dentro de su mente