El amanecer apenas iluminaba el horizonte cuando dos jinetes avanzaban al galope por los senderos ocultos de las colinas. Eran Kael y Dorian, los más leales y veteranos capitanes de Rhaziel, hombres de temperamento distinto, pero unidos por una misma causa.
Kael, de mirada aguda y voz serena, dirigía la columna con precisión calculada. Su mente era un tablero de estrategia; cada curva del terreno, cada sombra, era una ventaja que pensaba explotar. Dorian, en cambio, ardía de un fuego impetuoso;