La aurora apenas teñía el horizonte cuando los estandartes negros y carmesí de Umbraeth se desplegaron sobre la llanura. El ejército de Rhaziel avanzaba en formación, disciplinado, sus armaduras brillando con la escarcha matinal. Los cascos de los caballos hacían retumbar la tierra como un trueno contenido, y al frente, el rey montaba en su corcel oscuro, con la mirada fija en la villa fronteriza que había caído semanas atrás en manos enemigas.
La batalla se desató con una violencia feroz. Los