La mañana siguiente a la batalla amaneció cubierta por un velo gris, con el humo de las hogueras aún enroscándose entre las ruinas de la villa recién recuperada. El aire olía a hierro y ceniza, pero por primera vez en días, no se escuchaban gritos de guerra, sino el silencio áspero que dejaba la victoria.
Rhaziel descendió del torreón principal acompañado de Adrian, su mirada recorriendo el improvisado campamento que sus soldados habían levantado en los patios interiores y las calles destrozada