A veces, la verdad no llega como una revelación gloriosa. Llega como un eco. Como un susurro en el corazón. Una sospecha que ha estado ahí todo el tiempo, agazapada, esperando a que estés lo suficientemente fuerte para escucharla sin romperte.
Yo ya no me rompía fácil.
Después del ataque a la manada, después de salvar un cachorro con las manos temblorosas y la adrenalina aún latiéndome en las venas, algo en mí había cambiado. Se había endurecido. Se había levantado como una loba con la espalda